
Todo pasa..
Todo pasa, es un leit motiv que me ha acompañado durante largo tiempo. Siempre he tenido la convicción de que debe servir para digerir los malos tragos cuando se presenten. Cuando todo se pone negro y feo, cuando no se atisba solución alguna, cuando los problemas acucian y crecen. En esos momentos es bueno pensar que todo pasa, o si prefieres, que no hay mal que cien años dure. Mi abuela Juliana remataba el dicho, con un —ni cuerpo que lo resista— y que razón tenía, ella llego hasta los noventa y seis años. En todo caso, lo bueno es que lo malo desaparece y se extingue. Nos deja las secuelas del dolor y el aprendizaje para la próxima vez. Pero también lo bueno llega y se va, esos pequeños instantes que nos llenan de alegría, que nos hacen sentir felices por unos momentos. Esos días en los que, sin saber por qué, te sientes a gusto contigo mismo, en paz con todos, en armonía con la naturaleza, feliz solamente por ser, por estar. Pero esos momentos también se extinguen, se desvanecen como una bruma al amanecer, como el agua que se escapa entre los dedos. Y por eso precisamente deberíamos vivirlos con mayor intensidad si cabe, porque seguro que se esfumarán.
Somos pasajeros, arrieros somos. Pasamos por la vida, y aunque sea de puntillas, sin que se nos note mucho, lo importante es la huella que dejamos en los otros, en los que quisieron acercarse un poco para conocernos, en los que se preocuparon por nosotros y nos cuidaron, nos ayudaron a crecer, nos protegieron, nos dieron cariño, y nosotros intentamos devolverlo, quisimos dar incluso todavía más.
Decía el poeta que todo pasa y todo queda, y a buen seguro que no lo decía a humo de pajas, sino como una carga de profundidad espiritual y filosófica. Hablaba del paso del tiempo, de la huella que dejamos, y de la idea certera que la vida es camino. Qué gran metáfora. Aunque es una verdad como un templo.

Badajoz, 1969. Doña Felixa a la izquierda; doña Candi y don José, director del colegio Sagrado Corazón de Jesús.