El hombre sin nombre

Llegaban desde todos los rincones. Eran enfermos de lepra, con deformidades visibles, tuberculosos expulsados de todos los sitios y estigmatizados por miedo al contagio. Otros llegaban debilitados por enfermedades que todavía no tenían nombre, pero que en su pobreza se volvían mortales. Eran hombres y mujeres despojados de toda dignidad, que se arrastraban hasta aquella Fundación en un último esfuerzo por alcanzar un lugar donde morir con un mínimo de humanidad, esa que les había sido negada durante toda su vida.
Llegaban exhaustos, buscando un gesto amable, una mirada compasiva, alguien que les limpiara las heridas y les tocara sin miedo. Querían encontrar unos ojos en los que pudieran verse reflejados como personas, no como despojos. Su edad era imprecisa porque el sufrimiento y el dolor les había robado años, haciéndolos parecer mucho más viejos de lo que realmente eran.
Entre todos aquellos desgraciados, un día apareció un hombre joven. No parecía enfermo, aunque sus ojos grises transmitían un cansancio infinito. Era diferente al resto porque no estaba en fase terminal como los otros. Cuando uno de los voluntarios le preguntó por su nombre, guardó silencio. Otra voluntaria también insistió, pero tampoco obtuvo respuesta; él apenas se encogió de hombros. A la tercera pregunta se supo la verdad. Todo el mundo sabe, o debería saber, que llamar a alguien por su nombre es devolverle parte de su dignidad. Sin embargo, aquel hombre no tenía nombre. Nadie se había preocupado nunca en su vida de darle uno. Ese gesto tan simple, que es el símbolo más genuino de la identidad, pero, también de la dignidad, se le había negado. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Cómo podía seguir vivo?, se preguntaban. Pero en realidad, no lo estaba. Había llegado a la Fundación “Por una muerte digna” porque ya se estaba muerto, muerto en vida, y buscaba ese último gesto, que le hiciera pensar que al final todo había merecido la pena.