Vaya esto por delante: no me gustan los gritos; odio a los gritones. Aunque tengo que reconocer que alguna vez he gritado. He ido al fútbol y he gritado como una mala bestia “¡GOOOLl!”; he estado en algún concierto y, a grito pelado, casi pierdo la voz por el camino. Por lo menos afónico sí que me quedé en su momento. También grité en alguna ocasión a alguien; hace ya tanto tiempo que casi lo he olvidado. Aunque lo que sí sé es que debí de arrepentirme tanto que jamás lo volví a hacer.

Sin embargo, mira tú por dónde, esta mañana, escuchando un programa de radio, descubro que se ha hecho viral una práctica que consiste, precisamente, en eso: en reunirse con un grupo de gente para gritar a los cuatro vientos, en algún lugar alejado del mundanal ruido.

Debe ser el grito como terapia, para aliviar tensiones, para liberar estrés, ansiedad o simplemente para sacar, a fuerza de diafragma, lo que te gustaría decirle a tu jefe o jefa y eres incapaz de hacerlo.

En Estados Unidos, donde la gente tiene seguramente muchos motivos para gritar de terror y chillar a pleno pulmón, a este fenómeno le llaman Scream Club, y al menos en Chicago reúne a personas los domingos para gritar frente al lago Michigan.

Gritar de forma intencionada, en grupo, a una hora concreta y acordada. Para romper todos esos malos rollos acumulados en los que vas rumiando lo que eres incapaz de soltarle a alguien a la cara. Y es ahí donde consigues esa catarsis emocional, esa sensación de resetear y expulsar de una vez lo que normalmente reprimes.

Y es que vivimos en una sociedad gritona. Te asomas a las redes y escuchas ya los gritos por todos lados, gritos de todos los colores… ¡QUE TE CALLES!

—CÁLLATE, PUTO NAZI.

—TE CALLAS TÚ, ROJA DE MIERDA…

—A MÍ NO ME LLAMAS ESO, Y NO ME GRABES, SUBNORMAL.

—TE GRABO PORQUE ME SALE DE LOS COJONES, QUE ERES MÁS TONTA QUE UN HABA.

Es desolador. Una sociedad polarizada que trata de resolver los problemas a grito limpio. Sin embargo, yo sigo prefiriendo un buen silencio a un mal grito. Hay miradas que también gritan y silencios elocuentes, que transmiten más que mil gritos. Y también están los gritos del silencio, esa metáfora que alude a aquello que no suena, pero que duele, y que transmite tanto o más que un grito real.

Si decides ir al Club de los Gritos, asegúrate de que no esté patrocinado por el colegio de otorrinolaringólogos, o por alguna empresa que venda aparatos fonadores.