Desde hacía algún tiempo me venía preguntando cómo sería mi primer día de jubilado. A pesar de mi capacidad de imaginarme cosas y visualizar situaciones, por raras que estas fueran, era incapaz de atisbar mi primer día de júbilo. Incluso llegué a buscar en la inteligencia artificial cuál era el origen de la palabra jubilación; fue el prompt más original que se me ocurrió. Y a la velocidad del rayo, aquella caja oscura me devolvió la respuesta: la palabra «jubilación» viene del latín iubilare (o jubilare), que significaba «lanzar gritos de alegría» o «dar voces de júbilo». De ahí también proviene «júbilo» y «jubiloso». Por aquello de contrastar, pedí información en otros sitios, en una página de etimología para curiosos. Lo que decía es que esa palabra, iubilare, se relaciona con otra del hebreo, yobel, que significa «cuerno de carnero» y que daba nombre al año jubilar, o «año del jubileo», en la tradición bíblica: cada cincuenta años, según el Levítico, se proclamaba un año especial en el que se liberaba a los esclavos, se perdonaban las deudas y la tierra descansaba.

     Entre esas y otras cosas llegó el día. Era jueves, 16 de julio, mi último día en el curro: abrazos, lágrimas, discursos, un aplauso de compañeros y compañeras, hasta una comida, y un buen reloj de cuarzo, made in Suiza, como no podía ser de otra manera. Picamos algo y, antes de tiempo, salí del que había sido mi trabajo durante los últimos treinta años, que se dice pronto.

     El primer día de libertad incondicional llegó en forma de viernes. Me desperté pronto —todavía mi cuerpo y mi cabeza seguían pensando en lo mismo—. Me duché, como todos los días, y esto sí fue nuevo: tuve un desayuno tranquilo, con café y tostadas de tomate y aceite. La perra me miraba sorprendida. ¿Tú qué haces aquí, a estas horas, si todavía no es sábado?, parecía preguntarme. Debía de pensar también que no había oído alarmas ni refunfuños sobre las seis y media. Sin embargo, una alerta a destiempo sonó cuando terminaba de desayunar. La perra alzó las orejas, todo lo que sus muchos años le permitían, y abrió los ojos, sorprendida. Al mirar la alerta descubrí que tenía anotado, desde hacía tiempo, llevarla a la peluquería para que le dieran un baño. Así que me metí toda la prisa que pude y, en quince minutos, me presenté allí.

     —En un par de horas te aviso, para que vengas a recogerla —me dijo Paquita, la peluquera.

     Dos horas para hacer lo que quisiera. Me di una vuelta por el pueblo, compré la prensa, me senté en un banco de un pequeño parque junto a la iglesia, escuché las cigüeñas en lo alto del campanario, dieron las diez, las palomas se me acercaban buscando pan o simplemente compañía. A las dos horas volví, y allí estaba la perra, esperándome, moviendo el rabito, feliz de verme y feliz de haberse liberado definitivamente del castigo que para ella suponía soportar el agua y el molesto ruido del secador.

     Salimos y decidí aprovechar para dar un paseo con ella. Al pasar por una calle, un joven de rasgos árabes se nos acercó y me extendió una tarjeta de reparación de canalones y tejados. Estaba con una cuadrilla que reparaba un tejado encima de un chalé. Unos metros más adelante, Rumba, que así se llama mi perra, se agachó y empezó a hacer un pis de los grandes. En ese momento, una voz ronca que no supe distinguir de dónde venía me increpó:

—Eh, ehhh, que la mierda se recoge.

Me quedé sorprendido, mirando embobado, tratando de averiguar de dónde venía aquella voz. Miré hacia arriba y vi a los trabajadores, compañeros del joven árabe, encima del tejado. Desde esa altura tenían perspectiva de todo.

—Que la mierda se recoge. Vamos, recoge la mierda —insistió, como un trueno desentonando en la tormenta.

     Ahí ya empezó a tocarme los cojones. Rumba no había cagado, así que no sabía a qué mierda se refería. Pensé, rápido, que desde donde estuviera mirando habría visto a la perra agacharse, como hacen los perros cuando cagan; pero es que las perras también asientan el culete cuando hacen pis. Y cómo le iba a explicar yo todo eso a un tipo al que ni siquiera veía.

     Me fijé entonces en la ventana de un primer piso y, entre la penumbra, distinguí la figura de un tipo que parecía un jubilado, como yo, aunque yo me estuviera estrenando en esa condición. Y antes de que me soltara otra vez lo de «recoge la mierda», le contesté:

—La perra no ha cagado, no hay mierda que recoger.

—La mierda se recoge —insistió, cada vez más grosero.

—Sí, la mierda se recoge, ya lo creo. Como usted, que está ahí, bien recogidito en su casa. ¡Vigilante de la playa!

     Desde lo alto del chalé, otra voz, con acento magrebí, salió en mi defensa:

—El perro no ha cagado.

—La mierda se recoge —repitió el hombre, terco.

—Vete a tomar por culo —le grité, hasta en dos ocasiones—. Puto vigilante de la playa.

     No sé por qué me salió eso. El caso es que vi al hombre dar un respingo, como si se levantara a toda prisa para salir a buscarme. Pensé, muy rápido: le espero a que baje y le canto las cuarenta. Pero, aunque le demuestre que no ha cagado, el caso es que ha meado, y seguro que alguna ordenanza dirá que hay que llevar una botellita de agua para eso. Cosa que yo no llevaba. Ni siquiera había cogido bolsas para las cacas: con las prisas de la salida no había reparado en ello.

     El cerebro límbico —ese que todos tenemos y que reacciona ante el peligro— tiró de mí, y yo de la perra, para abandonar el lugar de los hechos a toda pastilla, evitando una confrontación que quién sabe hasta dónde habría llegado. Quizá una guerra que salpicara también al Magreb, a Ceuta y a Melilla.

     En unos segundos me vi corriendo hacia un descampado, la perra fatigada, trotando también a su manera, y detrás el señor, vociferando como un energúmeno. Y yo, sin mirar atrás y casis sin poder evitarlo, lanzando gritos que no eran de miedo,

     —¡Vamossss! ¡Vamossss!

Y ahí, corriendo, entendí por fin lo que la inteligencia artificial había tratado de decirme desde el principio, que jubilación es, ante todo, lanzar gritos de alegría. O de lo que sea.